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Movimientos Ambientales en Argentina

por Lucrecia Wagner [1]

Los movimientos ambientales, también denominados ambientalistas, ecologistas, ambientalismo o ecologismo, son parte de los nuevos movimientos sociales, surgidos en la segunda mitad del siglo XX. Se caracterizan por la diversidad de los integrantes, que confluyen en ellos, preocupados por la crisis ambiental o por problemas ambientales específicos. Estos grupos pueden ser desde personas y grupos sin afiliación organizativa, a organizaciones con diversos grados de formalización; e incluso algunas definiciones incorporan a partidos políticos (principalmente partidos verdes).

Antecedentes históricos Los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) surgieron a mediados de los años sesenta, con el inicio de protestas en las sociedades industriales avanzadas, animadas por un espíritu de crítica civilizatoria y contra los rasgos perversos de la modernización capitalista (Riechmann y Fernández Buey, 1994). Se destacan el feminismo, el pacifismo y el ecologismo. Con énfasis en los aspectos culturales e ideológicos, se trata de luchas sociales cotidianas basadas en la solidaridad y el proceso de identidad creado, fundamentando sus acciones en valores tradicionales, solidarios y comunitarios (Gohn, 1997).

Esta red diversa y flexible posee en común la preocupación por problemáticas ambientales, pero las formas e intensidad, tanto de la acción como de la preocupación, pueden variar considerablemente de un lugar a otro y de un momento a otro (Rootes, 1997). Por la diversidad de sus integrantes y la pluralidad de sus demandas, se caracteriza por ser un movimiento con capacidad de atravesar todo el tejido social. Si bien puede fragmentarse por esta diversidad de demandas, formas de organización y estrategias de lucha, también puede generar una fuerza social capaz de incorporar las reivindicaciones ambientalistas en los programas del Estado y de los partidos políticos tradicionales, abriendo nuevos espacios de participación para la sociedad civil en la gestión ambiental (Leff, 2004).

El movimiento ambientalista retoma demandas de sectores y movimientos previos. Entre otros, médicos humanistas y personas dedicadas a la asistencia social denunciaron, desde inicios del siglo XIX, principalmente en Inglaterra y Centroeuropa, las condiciones de trabajo y de vida de los proletarios, y las deplorables condiciones medioambientales que los enfermaban (Fernández Buey, 1992). Estos problemas fueron uno de los ejes de actuación del naciente movimiento obrero, compartido también por grupos de reformistas liberales, filántropos y médicos humanistas procedentes de las capas medias y la burguesía. Estas luchas y preocupaciones se transformaron en disposiciones legales y esfuerzos asociativos a favor de la protección de la naturaleza.

A fines del siglo XIX, principalmente en EEUU, surge el “conservacionismo” o proteccionismo, basado en la idea de proteger espacios naturales, vedados a la actividad humana. Paralelamente, emerge la idea de una coordinación internacional para la protección de la naturaleza, especialmente de algunas especies y paisajes. Las redes y relaciones entre conservacionistas de diferentes países consolidaron, en 1948, la formalización de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).



Crisis ambiental y surgimiento del ambientalismo Desde la década de 1960, van a confluir diversos sucesos que colocaron la problemática ambiental en la agenda internacional. En primer lugar están los accidentes y/o negligencias que evidenciaron impactos ambientales de gran magnitud, como el accidente nuclear de Chernóbil. A los sucesos se sumaron libros como Silent Spring (Primavera Silenciosa) de la bióloga Rachel Carson, que, en 1962, alertó sobre los efectos del uso de pesticidas. E informes y conferencias internacionales —como La Conferencia de Naciones Unidas Sobre el Medio Ambiente, desarrollada en 1972, en Estocolmo, que fue la primera reunión de este tipo a escala internacional— que destacaron los límites del planeta ante la industrialización, la contaminación y las consecuencias del crecimiento económico.


Esta dimensión planetaria del debate sobre el ambiente se tradujo en los años siguientes en la creación de numerosas organizaciones sociales y políticas (Toledo, 1993). En 1969, el entonces director del Sierra Club, una de las primeras organizaciones conservacionistas de EEUU, creó “Amigos de la Tierra”, ante la falta de oposición del Sierra Club a la energía nuclear. Este hecho es considerado el quiebre entre el movimiento conservacionista y el “nuevo ecologismo”, materializando el surgimiento de una corriente del ambientalismo que ya no se contenta con proteger la naturaleza de las actividades humanas, sino que cuestiona el impacto de estas actividades sobre ecosistemas y poblaciones.

El ambientalismo en el “sur global” Joan Martínez Alier (2004), ha identificado tres corrientes del ecologismo. La primera, “el culto a lo silvestre”, refiere al conservacionismo. También nacida en el siglo XIX, la segunda corriente, “el evangelio de la ecoeficiencia”, reúne a quiénes confían en que las nuevas tecnologías reducirán los impactos ambientales, postulando el desarrollo sostenible o “uso prudente” de los recursos naturales. La tercera corriente, el “ecologismo popular” o “ecologismo de los pobres”, se refiere a aquellas comunidades que conviven y dependen de sus recursos naturales (denominados bienes comunes) para su subsistencia. Nace de una demanda de justicia social contemporánea entre humanos: el avance de las fronteras extractivas hacia estos territorios crea impactos que caen desproporcionadamente sobre algunos grupos sociales, que muchas veces protestan y resisten, aunque no se autodefinan como ecologistas. Se identifican dentro de esta corriente los movimientos contra la minería, pozos petroleros, represas, deforestación y plantaciones forestales para alimentar el creciente uso de energía y materiales, así como las protestas contra la localización de sumideros de residuos, y los conflictos por el uso del agua, entre otros (Martínez Alier, 2004). Incluye también al movimiento por justicia ambiental, que si bien nació en EEUU desde las minorías étnicas y raciales, posee redes en países latinoamericanos, como Brasil (Acselrad, 2010).


El ambientalismo en Argentina En Argentina, en las décadas de 1960-1970 el ambientalismo social era incipiente, con algunos sectores que participaban del debate ambiental internacional, como la Fundación Bariloche (1963) y la Asociación Argentina de Ecología (1972) (Abers et al., 2013). Las asociaciones ecológicas surgieron durante el régimen militar (1976-1983), por lo cual, el movimiento habría enfocado los problemas de salud y de estilo de vida, manteniéndose “apolítico” debido a la severa represión. La caída del régimen autoritario habría permitido su politización y rápido crecimiento. Cuestionaron la cultura política semidemocrática y trajeron a la arena política nuevos valores, perspectivas, métodos y enfoques, enfrentando también muchos obstáculos y problemas. Si bien tuvieron una notable influencia del movimiento ecológico internacional, el movimiento enfrentó el dilema de tratar asuntos ecológicos en sociedades con niveles significativos de pobreza (Maiwaring, Viola y Cusminsky, 1985).

Desde la década de 1980, se organizaron redes entre organizaciones ambientalistas, naciendo RENACE, la Red Nacional de Acción Ecologista, en 1985. Se destaca el accionar de “Fundación Vida Silvestre” (FVS) y la “Fundación Ambiente y Recursos Naturales” (FARN), a las que se suma la organización internacional Greenpeace.

Desde la década de 1990, se produce una mayor jerarquización burocrática de la máxima autoridad ambiental nacional (que pasó a Secretaría de Estado: la Secretaría de Ambiente de la Nación), la sanción de una profusa legislación propiamente ambiental y la continuidad del crecimiento de organizaciones sociales vinculadas con el ambiente (Abers et al., 2013).



La emergencia de movimientos ambientales (o, como mayoritariamente se autodenominan, “socioambientales”), se gestó en Argentina principalmente desde inicios del siglo XXI, en forma de asambleas de vecinos autoconvocados y otros colectivos sociales. El movimiento que más ha trascendido son las asambleas contra la minería a gran escala, que posee antecedentes de organizaciones vecinales y sindicales desde los años ´80, principalmente en la patagonia y en el noreste del país. Estos movimientos socioambientales asamblearios, renovaron el contenido de la causa ambiental y facilitaron la vinculación entre demandas ambientales y las de otras organizaciones y movimientos sociales. En el año 2006, se creó la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), nucleando a estas asambleas de diferentes regiones del país, que luego se renombró como “Unión de Asambleas de Comunidades” (Wagner, 2020).

Vínculos con el territorio, la tecnología, el consumo, la organización productiva y otros sujetos Los movimientos socioambientales, en Argentina y otros países de América Latina, también han sido denominados socioterritoriales (Fernández, 2005) o movimientos sociales territorializados, ya que, dentro del proceso actual de reorganización social, se produce una “tensión de territorialidades”, en la que la cuestión ambiental cumple un papel instituyente. (Porto Gonçalves, 2001). Luchas históricas como las de campesinos, indígenas y desposeídos, en las últimas décadas incluyen entre sus demandas reivindicaciones de carácter ambiental (Wagner y Pinto, 2013). La dinámica de las luchas socioambientales ha venido asentando la base de un “giro ecoterritorial”, esto es, la emergencia de un lenguaje común que da cuenta del cruce innovador entre matriz indígeno-comunitario, defensa del territorio y discurso ambientalista (Svampa, 2012). Estos actores comprometidos con la defensa del territorio desarrollan estrategias para seleccionar a sus interlocutores y para tejer alianzas con otros actores. Sumamente importantes son las redes de aliados para la coordinación de acciones de protesta, denuncia y solidaridad (Giarracca y Mariotti, 2012).

Sin embargo, el movimiento ambiental ha sido considerado también como “postmaterialista” (Ver Inglehart, 1995), propio de sociedades prósperas que tienen satisfechas sus necesidades básicas. Este planteo es cuestionado porque las sociedades prósperas, lejos de ser postmaterialistas, consumen cantidades enormes y crecientes de materiales y energía, y generan cuantiosos desechos. Si bien no se niega que existe ese ecologismo de la abundancia, también existe un ecologismo de la supervivencia (Martínez Alier, 2004).

Perspectivas de análisis En algunos países, los conceptos ambientalismo y ecologismo diferencian diversos grados de radicalidad de los movimientos. En otros casos, como en este trabajo, se utilizan como sinónimos. ¿Cuáles son los principales alcances y logros del ambientalismo? Además de ser un impulso para la defensa y mejora del ambiente, los movimientos ambientales han demostrado su capacidad para frenar o modificar proyectos impulsados por sectores poderosos, y capaces de ponerles limitaciones, lo que los ha convertido en interlocutores de gobiernos, organismos internacionales y empresas. En algunos casos, la institucionalización de la cuestión ambiental los ha enfrentado a dilemas incómodos, pero paralelamente esta flexibilidad de acción en el ámbito formal e informal los vuelve actores clave a ser considerados en investigaciones en materia ambiental.

Sumado a ello, han logrado ocupar un lugar en el espacio público y han instalado el tema ambiental en la cotidianeidad de las personas, lo cual también ha influido en que la cuestión ambiental se vuelva tema de debate y proclama para gobiernos, actores privados y otras organizaciones sociales.


Bibliografía

  • Abers, R., Gutiérrez, R., Isuani, F. y von Bülow, M. (2013). La construcción de instituciones ambientales en Argentina, Brasil y Chile. XI Congreso Nacional de Ciencia Política. Paraná, Argentina.

  • Acselrad, H. (2010). Ambientalização das lutas sociais -o caso do movimento por justiça ambiental. Estudos Avançados, 24(68), 103-119.

  • Fernández Buey, F. (1992). Programas sindicales, intereses obreros y reivindicaciones ecologistas. Cuadernos de Relaciones Laborales, (1), 221-243.

  • Giarracca, N. y Mariotti, D. (2012). Porque juntos somos muchos más. Los movimientos socioterritoriales de Argentina y sus aliados. OSAL, XIII (32), 95-115.

  • Gohn, M. Da G. (1997). Teorias dos movimentos sociais. Paradigmas clássicos e contemporâneos. São Paulo, Brasil: Edições Loyola. Inglehart, R. (1995). Public Support for Environmental Protection: Objective Problems and Subjective Values in 43 Societies. Political Science and Politics, 28(1), 57-72.

  • Leff, E. (2004). Racionalidad Ambiental. La reapropiación social de la naturaleza. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI Editores.

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  • Toledo, V. (1993). Ecología, ecologismos y ecología política. En Goin, F. y Goñi, R. (Comps.), Elementos de Política Ambiental (pp. 899-910). La Plata, Argentina: Honorable Cámara De Diputados de la Provincia de Buenos Aires.

  • Wagner, L. (2020, en prensa). Conflictos y movimientos socioambientales en Argentina: lenguajes y estrategias. En Dichdji, A. y Malta Pereira, E. (Coords.), Protección de la naturaleza: Narrativas y discursos. Buenos Aires, Argentina: Teseo.

  • Wagner, L. y Pinto, L. (2013). Ambientalismo(s) y bienes naturales: desafíos al extractivismo en Argentina y Brasil. Letras Verdes, (14), 69-94.


[1] Licenciada en Diagnóstico y Gestión Ambiental por la Universidad Nacional del Centro (UNICEN), Argentina. Doctora en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Investigadora Adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede de trabajo en el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA), Mendoza.


Contacto: lucrewagner@gmail.com

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